Si en la primera entrada latinoamericana de este blog disertamos sobre un clásico (la seguridad jurídica), en esta otra nos venimos arriba y atacamos otra institución legendaria: el socio local. Aunque para ser precisos en la asignación de condición mitológica quizá debamos añadir un adjetivo a la denominación de la especie: el socio local duradero (durabile localis socium).

Siendo respetuoso con la realidad y con ánimo de no despertar suspicacias infundadas, el autor quiere dejar claro desde el inicio que las reflexiones que siguen no se refieren a una especie autóctona de cualquier región concreta, menos aún de la latinoamericana. Bien al contrario, el autor está convencido de que la especie, el socio local, se encuentra extendida por todo el planeta (si acaso con alguna que otra singularidad geográfica) ya que tiene la particular característica de que su naturaleza no se la otorga un rasgo intrínseco sino la puesta en contacto con otro ser animado: el socio extranjero (al que con suerte dedicaremos otra entrada, si sobrevivimos en el blog a esta). Es decir, el socio local, en su vida ordinaria, puede ser una persona normal, como el conductor cuando no conduce o el vecino fuera de la junta de propietarios. Sin embargo, cuando entra en contacto con el socio extranjero, se transforma. Se metamorfosea. He ahí un primer paralelismo entre el socio local y otra criatura mitológica malévola, el gremlin, popularizado en una famosa película, que podría guiar el hilo de la exposición.

Para que se vea que no hay corporativismo ni geocentrismo, pongamos también de manifiesto que, en el plano profesional, sea cual sea la región, el socio local suele presentarse acompañado de otra entrañable criatura, el abogado del socio local, reconocible por ser jurista criado en la pureza de la Pandectística alemana. Es curioso, porque, aunque el cliente no tenga grandes conocimientos de las corrientes doctrinales jurídicas alemanas del XIX, suele sin embargo identificar rápidamente al colega de la contraparte como un auténtico hijo de Puchta.

Igual que nos preguntamos si era necesario o conveniente que Rand regalara a su hijo Billy el Mogwai que el Sr. Wing le ofreció en su tienda del Chinatown neoyorquino, muchas empresas que acometen un proyecto en un nuevo mercado se preguntan si para el éxito de la iniciativa es necesario o conveniente contar con un socio local.

Dejando de lado aquellas situaciones en las que la participación local es una exigencia legal (en China o en Cuba, por poner dos ejemplos), las ventajas de contar con un socio local son bastante intuitivas: abre puertas, conoce el mercado, dispone de una estructura operativa, acelera la penetración, aporta pertenencia al país, domina la cultura y las formas de hacer negocios…

Pero tan intuitivamente como sabemos las ventajas, conocemos también desventajas y riesgos. Eden y Miller encabezan el título de un interesante paper con una afortunada expresión (“Distance matters”) y desarrollan un concepto que atribuyen a Stephen Hymer (el marxista cuyos libros se leían en escuelas de negocios): “costs of doing business abroad”.

No es objeto de esta entrada discernir ventajas o desventajas. En general, dependiendo de a quién escuches, se acentuarán unas u otras: si la empresa le pregunta a un experto en forensic services (con el corazón desgarrado por las tropelías que ve en su trabajo diario) probablemente le diga que sólo debe ir con socio local si no tiene otra opción; si le pregunta a su responsable comercial o de operaciones (con la pared infranqueable de un mercado inescrutable en sus mismas narices) probablemente le dirá que no puede tener éxito en la implantación si no es con un socio local.

A los efectos que aquí nos interesan, Chowdhury y Chowdhury, entre otros, han estudiado lo que dan en llamar “joint venture instability”: “McKinsey did a worldwide survey of more tan 200 alliances. Median time span of joint ventures was found to be seven years only. In more than 80% of the cases, it ends up with one partner selling its share to the other. Thus while the rate of joint venture formation is large, so is the rate of breakdown”. Si en la mayoría de los casos la cosa acaba mal (o muy mal), lo que toca es devolverle la cita en nuestro Cuatrecasas Blog a Pablo Paisán y destacar la importancia de anticipar esos escenarios pesimistas en los contratos (pueden comprobar que, en mi ingenuidad, lo de firmar un contrato de joint venture o un pacto de socios es que ya lo doy por requetesupuesto).

Tratar en un contrato las consecuencias del fracaso de un proyecto conjunto es algo bien distinto de analizar sus causas (por si vale, aquí hay un elenco resumido de ellas, y no olvidemos que a diferencia de Billy, el niño que cuida al gremlin, el socio extranjero no siempre es el bueno de la película). Al prever en el contrato supuestos patológicos deberíamos perseguir inicialmente sólo la mitigación de sus efectos negativos. Sin embargo, el mero hecho de hacerlo puede también tener benéficos efectos en diferentes ámbitos: puede ser un incentivo adecuado para que las partes lleguen voluntariamente a un acuerdo antes del litigio y, sobre todo, puede ser una eficaz herramienta contra el quizá peor problema de este tipo de disputas: el bloqueo (nota: poner sonido pero bajo, omitir anuncio y escuchar veinte segundos). En ambos casos, un buen aliado para preservar un bien tan valioso como el tiempo y evitar que los conflictos se eternicen.

Las estadísticas nos muestran que, si hay problemas, es bastante más probable que la joint venture acabe con un socio vendiéndole al otro que con una liquidación o una división de actividades. En ese sentido, parece que el esfuerzo orientado a establecer en los contratos mecanismos ágiles y objetivos que propicien la venta de las participaciones de unos a otros en caso de diferencias no salvables por otra vía (put and call options, por ejemplo) debe ser una prioridad en la negociación, cuando no un deber moral de los abogados. Para supuestos extremos, siempre estarán disponibles toda una retahíla de soluciones con nombres que, más que cláusulas contractuales, parecen salas de un casino de Las Vegas (Texas shoot out, Russian roulette, Dutch auction o Pacto andorrano).

Muchas cosas quedaron en el teclado, legales (¿jurisdicción o arbitraje?) y no legales (cuántas veces el fracaso de la joint venture es el preludio del éxito individual de alguno de sus participantes).

Pensamos que es tan cierto que no hay nada que un buen contrato no pueda resolver como que los contratos no lo resuelven todo. Y ahí entra un amplio cajón de sastre de consideraciones extrajurídicas para el éxito (en lo jurídico y en lo empresarial) de las joint ventures transfronterizas. Al final, la gran diferencia entre tratar a un gremlin y tratar a un socio local es que en el caso del gremlin se sabe de antemano lo que no hay que hacer (apenas tres cosas: luz, agua y comida después de medianoche) y la que te cae si lo haces. Sin embargo, si, aun sin ser consciente, con el que te equivocas es con el localis socium, Stripe, el gremlin malo malísimo, puede llegar a parecer un niñito Jesús de Murillo.

Gracias a Marta Hernández y Berta Cabellos, del Centro de Información Jurídica de Cuatrecasas, Gonçalves Pereira, por su ayuda en la búsqueda de literatura.